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domingo, 10 de febrero de 2019

EL CALLEJERO


Por Henry Ortiz Zabala
¿Cómo le conocí? No, no fue por Gloria, más bien diría que fue una vez que debí acompañarlo hasta la pensión donde se había mudado apenas un día antes, esto debido a que no recordaba cómo llegar. Momentos antes de acompañarlo había discutido con Gloria a tal punto que casi se agarraran a golpes. Terminaron luego de eso.

Yo iba detrás, él caminaba indiferente, con cierto aire petulante, su rostro parecía un arma de grueso calibre, tropezaba a todo aquel que se le atravesara. Daba pasos cortos pero rápidos, tuve que apresurarme para no quedarme atrás. De pronto se detuvo y se agachó para acariciar un perro; al caniche se le notaban los años, estaba viejo, sucio y tenía algunos brotes de sarna, pensé que le esquivaría o lo atacaría, como suele ocurrir con los perros de la calle, que terminan por volverse desconfiados y hasta apáticos al contacto humano, debido a todo el maltrato sufrido por parte de ellos, nosotros.

Para mi sorpresa no fue así, todo lo contrario; bajó la cabeza, le movió la cola y busco la mano que le acariciaba con su hocico, entonces le lamió y a continuación empezó a menearse de contento; él saco un pan de su chaqueta y se lo dio. El animal lo devoró allí mismo en su mano. Terminado, continuo su camino, empero el perro empezó a seguirlo, note que cojeaba. Pensé "No parece tan hijoeputa, como me dijo Gloria, ni parece estar encolerizado como hace un rato" apresuré la marcha y le alcancé.

-Oye ¿Qué fue eso? pensé que ibas empuntado - le dije

-Ajá, lo estoy pero ¿Qué hay con eso? - respondió, mientras miraba al perro que nos seguía

-No sé, cuando te detuviste con ese que viene allí, pensé que se te había disipado todo ese odio que hacía unos instantes afirmabas sentir por la humanidad-
Agregué.

- Me suele dar, llevarme mejor con los perros que con los humanos. Es curioso, el mejor amigo del hombre es el perro pero el mejor amigo de un perro es otro perro. Los humanos no son amigos de nadie - Dijo mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. Se detuvo y esperó al perro que nos seguía. Le cargó, el animal no se resistió, lo llevó así durante todo el camino hasta que llegamos a la pensión, terminó por adoptarlo.

En la pensión lo bautizaron "el cojo" vivió allí lo que le quedó de vida, es decir un año. No tenía duda que había sido el mejor año de su canina existencia, en la pensión todos le cuidaban y le querían. A él por el contrario le aborrecían. Tanto así  que "El cojo" murió un viernes en la mañana, y ese mismo día a eso de las seis, ya le estaban pasando una carta para que desocupara. Antes de medianoche ya estaba en la calle buscando otro techo, esta vez no le acompañaba nadie, ni siquiera un perro callejero.

DOS PAISES EN LA DISTANCIA


Por Bryan Alcazar

El dos de febrero de este año se cumplieron 20 años de la llegada al poder en Venezuela de Hugo Chávez Frías. Quizá, muchos de nosotros tengan recuerdos vagos sobre dicha fecha. En mi caso en particular, tengo algunos recuerdos inmarcesibles en mi mente que de alguna u otra manera han marcado mi vida. Les comparto algunos, con el afán de exponerles que la rueda de la historia no deja al azar a ninguno de nosotros.

Recuerdo 1:
 Después de haber viajado por más de doce horas en una pequeña camioneta y después de no ver más que desierto durante algún tiempo, por fin veía un pueblo. Caía ya la tarde y en la entrada del pueblo se leía en una valla publicitaria "pueblo bolivariano, unidos", con la imagen de Hugo Chávez con uno de sus puños en alto.

Recuerdo 2:
 Me encuentro en un mercado popular que colocaban todos los domingos por la mañana en la avenida Baralt en el centro de Caracas. Estoy eligiendo algunas verduras y frutas; pregunto el precio de una de ellas. En ese preciso momento, el vendedor me espeta que no podía venderme sus productos; a lo que pregunto el porqué de la situación. El vendedor —sin atisbo de duda en su voz— me dice, "porque usted tiene cara de burgués imperialista".

Recuerdo 3:
 Me he sentido un poco mal de salud. El corazón se me acelera de repente y pierdo el apetito, los dolores de cabeza son continuos. Mi madre me lleva a consulta médica en un centro de salud cercano donde me hacen los chequeos correspondientes. Con el paso de los días me siento mejor, son los medicamentos, son los consejos médicos. Los médicos eran cubanos. No pagamos nada.

 Tengo una relación conflictiva con mi pasado en tierras venezolanas. Aquellos recuerdos que acabo de exponerles ilustran esa relación que experimenté en mis cuatro años viviendo en Caracas, Venezuela. Viví en un tiempo en que la Venezuela de Chávez ofrecía al pueblo venezolano cierta consistencia económica, cierta seguridad política. Fui testigo de cómo la "marea roja", como se hacían llamar, comandaba las calles de Caracas ante cada llamado del comandante. En aquellos días, era un niño de catorce años tratando de entender de qué iba eso de la política. Venía —y no me da vergüenza decirlo— contaminado ante el poder de los medios de información colombianos y de su redentor Álvaro Uribe Vélez. Por eso, al llegar a Caracas, veía con cierto desdén aquellas marchas, pitos, celebraciones, en favor de Hugo Chávez.

 Pasaron los años y siento que pude ver lo que muchos de mis colegas humanistas quisieron ver y no pudieron; un gobierno volcado hacía el pueblo. Un gobierno en el cual las personas de más bajos recursos podían tener una atención excelente en medicinas, educación y deporte. Sí, quizás algunas formas de establecer el poder en Venezuela por Hugo Chávez fue excesivo, pero si entendieran la historia de Venezuela, entendieran el problema del petróleo en los años ochenta del siglo XX, entendieran la tiranía del poder comandado por unos cuantos en que los mayores damnificados eran los ciudadanos de a píe (a saber, el Caracazo). Tal vez se dieran cuenta de que era la única manera, la única; en la cual se podía quitarles a esa elite económica y política sus formas de corrupción y acaparamiento del poder.

 Al volver a Colombia después de cuatro años, me sentí realmente entusiasmado. Al cruzar la frontera en Paraguachón en La Guajira, veía una alegría que no había visto al irme de Barranquilla. Ir cruzando pueblos en el autobús, bajarme a comer los platos típicos de mi país, fue una victoria que no sentía hacia mucho. Todo resonaba a optimismo, en apariencia.

 Pasaron los años y aquellos días de optimismo que percibí al llegar de nuevo a este país, se fueron dilapidando como una casa de naipes. Falsos positivos, Cruzadas, Parapolítica... Ahora sé que aquel optimismo que pensé sentir, fue más bien la típica nostalgia al volver a la tierra que no veía hace algún tiempo. Fue la primera vez que pensé en lo diferente que era la vida en un país como Venezuela en comparación con Colombia. Los medios informativos que responden ante unos intereses particulares, me hacían ver a Venezuela como un nicho de un tirano despótico. Realmente daba miedo pensar siquiera en irse en contra de los chavistas. Recuerdo que mi padre, el último día antes de partir hacia la frontera, me dijo con tono serio como nunca lo había escuchado "no te hagas el héroe, porque allá, las cosas están duras"; como si la Colombia del año 2004 era un paraíso, como si no estuviéramos regidos ante los grupos paramilitares que hacían y deshacían en las zonas rurales (Masacre de Llorente, Tumaco, Nariño, Masacre de Urumita, La Guajira).

 Ya han pasado diez años de aquella experiencia y pienso que el problema sigue siendo el mismo; buscar la paja en el ojo ajeno. Los medios de información se enfocan en múltiples perspectivas de la problemática venezolana, dejando de lado que el infierno político, social y económico se da con mayor intensidad en nuestro país. Un presidente títere, un individuo peligroso detrás de él; con todo un aparato delictivo dispuesto a esparcir la zozobra en la sociedad colombiana cuando así se requiera. Se sigue creyendo en la objetividad de la información brindada por los medios y se sigue echándoles el agua sucia a la situación de este país a agentes externos. Bien lo decía el historiador Eric Hobsbawm; "como siempre, lo más fácil es culpar de todo a los extranjeros".

 Hoy, mientras muchas personas en este país ven con desdén al venezolano que se rebusca por cada calle de cada ciudad colombiana; se nos olvida que Colombia es el segundo país con mayor número de desplazados internos después de Siria. Se nos olvida que, casi cuatrocientos mil personas han salido del país en condición de refugio (DANE). La ceguera histórica, sin duda, cada día más le hace mella a este país. 

viernes, 8 de febrero de 2019

Uniatlántico ¿Crisis de gobernabilidad o crisis legitimidad?


Por William Alexander Aguirre

La Universidad del Atlántico ha venido atravesando por una convulsión política y social, que ha traspasado el marco del paro nacional universitario desarrollado entre 2018 y 2019. El orden institucional se ve afectado por un sinnúmero de acontecimientos, que se han venido azuzando dentro y fuera de la institución. El debate en pasillos, redes sociales y medios de comunicación parece orientado a la gobernabilidad de la universidad en el contexto actual.

Hace apenas ocho meses el Observatorio de la Universidad Colombiana, que siempre ha operado como caja de resonancia del ministerio de educación, señalaba que la Universidad del Atlántico pasaba por una “nueva era”, con gobernabilidad y sin deudas; lo anterior, en relación a los primeros resultados del recién designado rector Carlos Prasca. Sin embargo, El Espectador señaló el pasado 7 de febrero que había una pérdida de gobernabilidad en la Uniatlántico, refiriendo los reclamos realizados por una estudiante al gobernador del departamento Eduardo Verano. Finalmente, Víctor López en el portal extranoticias.com.co reseñó que en la gobernación se realizan reuniones para examinar la gobernabilidad de la universidad, más allá de si continua o no Prasca en su cargo.
Es evidente que los líderes de opinión hegemónicos intentan encerrar las tensiones de la institución en el marco del discurso de la ingobernabilidad de la universidad, en ese orden de ideas, cabe preguntar sí en realidad es una crisis de gobernabilidad lo que ha hecho exaltar los ánimos dentro del campus en el periodo reciente.
El concepto de gobernabilidad se tiene sus orígenes en el informe presentado por Croizer, Huntintong y Watanuki a la Comisión Trilateral, principal tanque de pensamiento del capital transnacional en 1975. La idea principal de su informe sostiene que los gobiernos pierden la capacidad de obediencia por parte de los ciudadanos cuando las demandas de estos superan el nivel de institucionalidad existente. Lo anterior implica que la inestabilidad institucional responde a un exceso de exigencias por parte de los ciudadanos y no a un problema de legitimidad de los gobernantes frente a los ciudadanos.

La gobernabilidad se entiende entonces como capacidad de cooperación entre el Estado y la sociedad civil, en términos abstractos; o entre los gobernantes y los gobernados, en términos concretos. Por esta razón, es una preocupación principal de los organismos multilaterales, como el Banco Mundial, la medición de la gobernabilidad de las naciones, entre tanto esta es una medida de la hegemonía de los Estados.
Al ministerio de educación y a la clase política tradicional del departamento, es apenas obvio que le preocupe la capacidad que tengan los rectores de la universidad para consolidar de manera hegemónica el proyecto educativo que se alinea con los requerimientos de la OCDE. Por esta razón, cada persona que se sienta en el despacho de la rectoría hace un intentó por parecer más comprometido que su antecesor con el cumplimiento de objetivos como la Acreditación Institucional. Pese a ello, todos se encuentran con una serie de barreras para el cumplimiento de sus misiones, por un lado, la disputa burocrática al interior de la clase política tradicional por el control administrativo y presupuestal del alma mater, por otro, la tradición de resistencia del movimiento estudiantil (resistencia que se expresa en la diversa gama expresiones, que van desde la condena absoluta al uso de la violencia hasta el culto de esta, pasando por sus diferentes matices).
Lo cierto, es que el “problema” de gobernabilidad parece no tener solución para la clase política tradicional, que ha intentado garantizar el control absoluto de la institución por diversas vías, desde la mano dura de la primera década de los 2000, hasta el intento de cooptación del movimiento universitario en periodos más recientes, pasando por la imposición de lo que aparentemente sería un modelo gerencial de administración pública (que prometía encarnar Prasca), sin al parecer encontrar la fórmula para el desarrollo de la política pública de educación sin los trastornos generados por las protestas, los escándalos de corrupción, y más recientemente, los escándalos sexuales.
El error radica en no reconocer que el origen de los conflictos al interior de la universidad no proviene de la “ingobernabilidad” de la comunidad universitaria (a quien pintan como una horda de salvajes y cavernícolas que están esperando al próximo rector para quemarlo vivo al interior de su oficina), sino que radica en la falta de legitimidad de los administrativos ante la comunidad universitaria, por no decir, la falta de legitimidad del Consejo Superior ante los uniatlanticenses que ven en cada actuación de este órgano una agresión nueva (cabe señalar que en los pasillos de la universidad la gente ya se pregunta cuándo será el próximo disturbio contra la reciente resolución que condena a la extinción la modalidad de doble programa).
La falta de legitimidad de los órganos de gobierno constituidos actualmente solo puede ser resuelta por medio de un proceso que permita la construcción de una nueva forma de cogobierno universitario, que garantice la participación de los estamentos en las definiciones más trascendentales del alma mater y abra una democracia universitaria de carácter participativo dentro del campus. Una constituyente universitaria permitiría la recuperación de la legitimidad de la institucionalidad, pero no sobre el reconocimiento del orden establecido actualmente en la institución, sino sobre la base de la construcción de una nueva institucionalidad. En conclusión, el problema de la Uniatlántico no es la ingobernabilidad de los gobernados, sino la ilegitimidad de los gobernantes, y su solución no es la mano dura impuesta con autoridad (mensaje enviado por el establecimiento tras el ingreso de la policía al campus), sino la autonomía y la democracia.