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lunes, 27 de abril de 2015

Perros que ladran, sí muerden.

Sección de columnistas

Perros que ladran, sí muerden.

Por Johan Mendoza Padilla

Abril terminará pronto y sin duda alguna es un mes lleno de simbolismo, pues encontramos que en abril se partió la historia del siglo XX en dos con el vil asesinato de Jorge Eliécer Gaitán que agudizó la ola de violencia roja y azul que había contra el pueblo colombiano, tanto así, que en pleno siglo XXI aún no hemos podido superar este cruel conflicto. Este mes que es de cosecha de mango vio nacer y morir al dirigente revolucionario Jaime Bateman Cayón, así como también fue testigo del fatal final de Carlos Pizarro Leongómez; ambos tuvieron un trasegar político similar comenzando en la Juventud Comunista, luego pasando a las filas de las FARC y por último fundando el M-19. Jaime murió en extrañas circunstancias mientras pretendía ir a una cita en aras de impulsar un diálogo para la paz, mientras que Carlos fue asesinado a pesar de haber confiado en la institucionalidad y depuesto las armas como herramienta política. El cuarto mes del año igualmente le dijo al creador de Macondo que ya no podía estar más y Gabriel García Márquez, en el México que le dio la oportunidad de ampararse de los politiqueros que lo querían preso o muerto, le dijo adiós a este mundo desigual pero con el anhelo de que algún día este lograra ser socialista.

Pero abril no es solo muerte, también es vida. No olvidar que en este mes surgió el M-19 como producto de un descalabro electoral que perpetuó en el poder a la hegemonía oligarca. Asimismo abril observó el cómo se atestó de pueblo la Plaza de Bolívar de Bogotá para que el movimiento político y social Marcha Patriótica jurara ir por la segunda y definitiva independencia procurando hacer la política de una nueva forma. Y de igual manera en este mes se escuchó los gritos de batalla de miles de jóvenes que ya están hastiados de la miseria a la que han condenado al país y han decidido inequívocamente, desde la Juventud Rebelde, revolucionar a la sociedad. Pero además este mes que terminará en pocos días es sinónimo al clamor de la paz, ya que, nuevamente diversos sectores sociales y políticos decidieron salir a las calles, esta vez no solo de Bogotá sino de otras ciudades, para exigir el fin de esta angustiosa guerra, para reclamar el cese a los fuegos de manera bilateral como inicio de un desescalamiento del conflicto armado, para demandar mayores espacios de participación que democratricen todas las esferas de la sociedad, para pregonar a voz viva que hay un constituyente primario, un pueblo soberano que desea mandatar y construir una Colombia nueva.

Sin embargo, y el real propósito de estas líneas, es que abril una vez más nos mostró el poder de los medios. Volvimos a ser testigos de cómo un televisor, una radio y una prensa escrita logra manipular los corazones de las personas a tal punto de llegar a alabar a sus verdugos y justificar sus acciones. Los medios de comunicaciones tradicionales han ladrado sin cesar contra el proceso de paz que se adelanta en La Habana y el “florero de Llorente” ha sido el lamentable deceso de 11 soldados colombianos en el Cauca a raíz de combates con la guerrilla de las FARC. No he escuchado a los voceros de las FARC alegrarse por este hecho, pero lo contrario ha sido cuando el caído es un insurgente: ahí hay bombos y platillos para anunciar los “eficientes golpes” que las Fuerzas Militares asestan contra los alzados en armas. Paradójico el lenguaje de los medios de comunicación de Colombia, en donde descaradamente seleccionan a nuestros compatriotas poniendo a unos como muertos buenos y a otros como muertos malos, cuando la realidad es que ni son buenos ni tampoco son malos, son muertos del sufrido pueblo colombiano compuesto por obreros, campesinos, desempleados, desplazados…, en fin, víctimas de lo que unos pocos han hecho para beneficio de ellos a costa del detrimento de los derechos de la gran mayoría que somos nosotros. Incluso, la invitación de los medios tradicionales ha sido a que los pobres se sigan matando entre pobres. ¡Venganza!, ese es el constante mensaje, a veces subliminal y otras veces directo, que envían a todos cuando dejamos que entren a nuestros hogares.

No cabe duda que los medios de comunicaciones son unos actores activos del conflicto social y armado. Sus ladridos han hecho mucho daño y no alcanzo a imaginar cuánta sangre puede tener aquellos micrófonos, teclas y cámaras que han provocado el enfrentamiento carnívoro de varias generaciones. Un periodista debe ser consciente de que su labor puede determinar quién vive o quién muere, quién debe estar libre o quién debe estar detenido, a quién odiar o a quién amar. Los medios de comunicación deben saber que si se lo proponen pueden aportar a la paz, aunque personalmente dudo mucho que los medios tradicionales cambien su proceder, por el contrario, creo que el mismo se puede profundizar en especial por lo que está en juego: quién maneja los destinos del país, ellos o nosotros. Y cuando me refiero a ellos no lo digo por los periodistas, ni mucho menos por los presentadores o locutores, lo digo por quienes son los dueños de estas empresas, por los que ordenan qué decir y qué callar: los señores del capital.

Más bien yo invito, pero a la vez exhorto, a que procuremos informarnos con la prensa alternativa y popular. Sé que lamentablemente el medio eficaz de difusión de estas plataformas es el internet al que reducidamente tiene acceso los que más padecen este conflicto, no obstante, nosotros que también somos pueblo deberíamos velar por hacerles llegar los trabajos que estos valerosos hombres y mujeres hacen para romper el silencio y alzar la voz en medio de esta algarabía de los medios tradicionales. Hay que imprimir los artículos y sacarles copias, hay que quemar en CD los videos y programas radiales, en síntesis, hay que usar los métodos posibles para hacer eco al trabajo popular y así con cantos callar los ladridos, para que en última sea nuestra voz la escuchada y podamos alcanzar el noble anhelo de la paz con justicia social.

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