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viernes, 14 de agosto de 2015

EL RETO DE LA PAZ TAMBIÉN LLEGA A LA UNIVERSIDAD


Por Pablo González
Egresado Uniatlántico


Se trata de abrir un amplio debate (…) acerca del carácter que debe tener la educación de cara a un acuerdo de paz, porque, sin duda, la universidad y la academia pueden ser epicentros de suma importancia para la consolidación de la paz y la democracia (…)


Ciertos sectores y personajes del país se comportan como aquel tipo cobarde que fue a tomarse una muestra de sangre y, haciendo la fila con indecisión, volvía al último puesto de la misma cada que le llegaba el turno. Lo digo porque a medida que se acerca la posibilidad de un acuerdo en La Habana, parece que se acrecentara el temor de esos sectores y personajes.

Vean que, mientras el pobre parroquiano de la sangre se atemorizaba frente a la inyección, esos dichos sectores y personajes se atemorizan ante la posibilidad de transformaciones que necesariamente debe traer consigo la firma de un acuerdo. Por lo menos, un acuerdo debe contemplar la posibilidad real de participación política de sectores siempre excluidos de las decisiones trascendentales del país: los descamisados, los abarcúos, los de ruana, los desposeídos, aquellos que viven en los cinturones de miseria de las grandes urbes, los negros e indígenas, los campesinos, los de apellidos sin abolengo, los insurgentes, todos esos tendrán que participar en la política nacional, si de paz queremos hablar.

Curioso es que esos quienes conformaron el glorioso Ejército Libertador del General Bolívar, hoy estén excluidos de cualquier decisión. Eso es lo que queremos se cambie a partir de un acuerdo de paz que, necesariamente, debe ser un acuerdo para instaurar la democracia, para darle participación a los desposeídos que, lo quieran o no esos sectores de la oligarquía, también habitan en este territorio. Este es uno de los aspectos que causa urticaria a los señalados sectores y personajes. No conciben esta idea, y una actitud enferma, que bien pudiera ser una patología psiquiátrica, les impide aceptar tener que compartir o ceder el poder a los humildes.

Así se explica en parte el hecho que aun hoy, cuando el país vuelve su opinión a favor de un acuerdo de paz, esos sectores y personajes sigan indilgando relaciones con la guerrilla a quienes representan un riesgo para sus escenarios y círculos de poder. Siguen macartizando a quien necesitan excluir y condenar. Bajo esa lógica debemos prever que mañana, cuando haya un acuerdo con la propia guerrilla, para continuar con la cacería de brujas se le dirá a un integrante de la FARC o del ELN, o a cualquier otro que se aleje de los postulados oligarcas, que no puede ocupar un cargo público porque fue o es insurgente: ¿para qué entonces un acuerdo de paz?

La ministra Gina Parody y el gobernador Antonio Segebre

Usualmente estos señalamientos se hacen sin pruebas suficientes, ni siquiera mínimas. Es el caso de la doctora Gina Parody, quien señala de todo al actual rector encargado de la Universidad del Atlántico, señor Rafael Castillo, entre otras cosas, de tener relaciones con la insurgencia. Esto lo plantea la doctora Parody con base en imágenes y hechos ocurridos en la Uniatlántico cuando el señor Castillo no era rector. Es un grave impase de la Ministra, por no decir delito, que ni siquiera ha salido a rectificar o aclarar. Tampoco lo ha hecho la W de Julito Sánchez Cristo, quien abrió sus micrófonos para la acusación, más no para exigir la aclaración de la respetada señora Parody, todo en uso de la muy mal aplicada libertad de prensa.

Los señalamientos también son por corrupción y clientelismo. Frente a eso, la doctora Parody tendrá que probar que efectivamente se ha dado, quizá sobre eso tenga material probatorio más serio, que no la haga quedar tan mal. Pero, de hecho, el señor Castillo representa un sector de la opinión de los dos estamentos más importantes de la Universidad, los que constituyen su razón de ser, los estudiantes y docentes. Estos, en sendas consultas, apoyaron mayoritariamente la gestión del señor Castillo. En esas consultas hubo abstención, elevada, es cierto, pero en este país no hay elección donde no haya abstención. De hecho, en la elección del presidente Santos hubo altos niveles de abstención, semejantes al promedio histórico: pero, ¿ha dicho la doctora Parody que la elección de su jefe es ilegítima porque hubo abstención? ¿De ser así, en que condición quedaría su designación por parte de un presidente ilegitimo?

Sin duda, el señor Castillo tendrá que defenderse en los estrados judiciales. Lo cierto es que, mientras se prueba su responsabilidad, si de hablar de democracia se trata, el rector debiese ser ratificado, para respetar la voluntad de quienes en la Universidad se asemejan al constituyente primario: estudiantes y docentes. Eso implica dejar por fuera de la distribución burocrática a la doctora Parody, a sus amigos de clase y a los servidores fieles de las casas politiqueras, aquellos que siempre han usufrutuado la Universidad del Atlántico en beneficio de sus intereses particulares; pero, esas son las consecuencias fácticas de la democracia, es decir, de darle poder a la gente del común.

No se trata de defender al señor Castillo, se trata de respetar la voluntad de los estamentos mayoritarios, por encima de las elucubraciones, seguramente sabias y desprendidas, de los seis consejeros que piden su salida, a los que parece faltarle la misma sabiduría y desprendimiento para reconocer que ellos no deben ubicarse por encima de lo expresado y mandatado por estudiantes y docentes.

El debate no debe limitarse ni personificarse en el señor Castillo; debe surtirse este importante debate sobre el carácter de la universidad pública de cara a un acuerdo de paz, que defina entre las distintas visiones de universidad, cuál es la que más conviene en tiempos de reconciliación nacional y apertura hacia la democratización de la sociedad colombiana, que exige participación en las definiciones que le atañen (incluyendo su educación), no a manera de compilado de piedra que simplemente es consultado, sino como único soberano y determinador real del rumbo de la nación. La universidad debe ser un laboratorio para poner en práctica el nuevo carácter del régimen colombiano en un posacuerdo.

Por tradición la Uniatlántico siempre ha sido activa en los debates sobre la educación y el país

Se trata de abrir un amplio debate, a propósito de esta situación de la Uniatlántico, que se extienda a todos los centros de educación superior, acerca del carácter que debe tener la educación de cara a un acuerdo de paz, porque, sin duda, la universidad y la academia pueden ser epicentros de suma importancia para la consolidación de la paz y la democracia, entendiendo que en ella deben jugar las más variadas expresiones, con respeto a la autonomía que debe recaer en quienes naturalmente están llamados a ejercer el poder en ellas: estudiantes y docentes. Esta es la esencia de la democracia, el constituyente primario debe ejercer el poder. La universidad debe ser bastión de democracia.

En tiempos de un posible acuerdo en La Habana, el Establecimiento debe reconocer la historia luctuosa que hemos padecido: aquellos a los que no se les respeta su voluntad, que solo se les consulta para legitimar apariencias de democracia, se ven compelidos a tomar las armas y a hacer 50 años de guerra para ser tenidos en cuenta. No sigamos en la misma senda, empecemos cambiando esa historia en la universidad, donde, a semejanza de un microcosmos, confluyen muchos actores y sectores golpeados por la violencia excluyente, ávidos de participación y democracia.

Sobre esta base, ábrase pues el debate profundo sobre el carácter de la universidad, plantéense las diferentes concepciones al respecto: la universidad como campo de democracia, ciencia e investigación, al servicio de la sociedad, que se construye y reinventa permanentemente con la participación activa de sus elementos; o como terreno antidemocrático, de carácter empresarial, en la que impera la ley del mercado y la exclusión, donde seis individuos imponen sus intereses particulares sobre la voluntad de las mayorías, cumpliendo cabalmente los dictámenes y recetas de los organismos multilaterales de crédito. Sospechamos que para la paz será pertinente la primera opción, lo cual exige unas directivas subordinadas al interés supremo de la democracia. También se requiere un Ministerio de Educación responsable, que dé ejemplo de sensatez y cordura, sin ínfulas de superioridad. En conclusión, una educación al servicio de los humildes, que forme hombres y mujeres para la democracia.


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