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martes, 8 de septiembre de 2015

Construyendo Más que un Tribunal

Por Johan Mendoza Padilla


Crónica de una visita a una comunidad guajira.

Así luce El Cerrejón desde Provincial

Al escuchar La Guajira, son muchas las cosas que se le vienen a la cabeza a cualquier colombiano. Desde la sal, el gas o el carbón, todos ellos como derivados de la explotación de recursos naturales; pasando por sus enigmáticos paisajes; hasta llegar a la cultura ancestral de la extensión continental más adentrada en las maravillosas aguas del Caribe.

Se puede decir que La Guajira es una tierra con todo y para todos, vivo reflejo del país. Aunque, para pesar general, nuestra Colombia vive inmersa en un conflicto de proporciones armadas, económicas, políticas, sociales, ambientales y culturales, así que, por ende, la tierra del juglar Francisco el Hombre, no ha sido ajena a todos estos martirios.

Desde las universidades y barriadas varios jóvenes decidimos no solo escuchar las penosas lamentaciones similares a la letra de noches sin luceros del maestro Rosendo Romero. Por el contrario, decidimos volvernos actores de esta historia parecida a una tragicomedia, pero que lamentablemente nada de ficción tiene, por el contrario, es una cruda realidad, así que nos sumamos a un proceso esperando contribuir a cambiar el curso de la historia. Con esta ilusión arribamos el viernes por la noche a Riohacha, intercambiamos opiniones y cuadramos cómo sería el trabajo del día sábado, en donde estaba prevista la visita al resguardo indígena Provincial, ubicado entre los municipios de Hato Nuevo y Barrancas.

A las cinco de la mañana nos subimos en unos carros y, a ritmo de vallenato yuquero, es decir, de los buenos, emprendimos el camino que se extendió por hora y media. En el camino lo llamativo al inicio eran los paisajes, pues comenzó con una vegetación propia de un desierto, para luego cambiar como por arte de magia, quizás por la misticidad guajira, a entornos más verdosos. Pero igualmente, era centro de atención el ver cómo las carreteras se nutrían de gente realizando el rebusque, vendiendo gasolina y víveres de la canasta básica familiar venezolana de contrabando, todo porque actualmente no hay de otra pa´ hacer. Aunque la imagen más impactante, sin lugar dudas, fue cuando divisamos al fondo una enorme pared que crece con la clara intención de ocultar las cadenas montañosas de la Serranía del Perijá. Una verdadera muralla de lamentaciones, pues esa monstruosa obra del hombre no era otra cosa que el botadero del residuo estéril de la mina de carbón a cielo abierto más grande del mundo: El Cerrejón.


Luego de que el carro pareciera andar al ritmo de un barco en altamar, debido a los altibajos propios de una trocha, logramos entrar al resguardo El Provincial. En los alrededores de una escuela étnica y  comunitaria, en la cual se imparte la enseñanza en español, wuayunaiki e inglés; se erigían humildes viviendas de una comunidad que ha luchado, resistido y lamentado una pelea frentera contra la multinacional El Cerrejón. Llegaron las autoridades ancestrales y luego de una breve presentación, en la cual sinceramente no sabíamos cómo saludar a tan importantes personajes, nos dimos cuenta de su inmensa humildad y logramos rápidamente una empatía con ellos. Iniciaron sus exposiciones en donde con pocas palabras, pero con mucho argumento, nos contextualizaron como han sido sus años de organización por el caso de la mina, la cual inició desde el año 98. Nos contaron la manera engañosa en que llegó esta mina, pues ninguna de las instituciones les socializaron la entrada en vigencia de una concesión de tal envergadura. Nos hablaron de los desplazamientos, de las necesidades que padecen a causa de este hueco inmenso en la tierra de sus ancestros. De igual modo, con miradas tristes, nos comentaban la vida que había en aquella zona, en donde babillas, iguanas, peces, plantas silvestres, entre otros, enriquecían la fauna y flora de los ecosistemas que suelen generarse en los variados climas guajiros. Asimismo relataban los momentos tortuosos generados por las enfermedades, no solo a causa del polvillo de carbón que se expande por el aire, también por los cultivos que crecen de manera anómalas y que ya hoy no dan los aportes nutricionales que en el pasado llegaron a dar.

De igual modo nos dejaban claro que los diálogos sostenidos con El Cerrejón no arrojaban ningún resultado, debido a que siempre han usado las artimañas, abogados, la fuerza y al mismo Estado, para salirse con las suyas y no perjudicar sus intereses. Es más, luego de más de 30 años de explotación, en donde el único fruto para las comunidades ha sido miseria, hambre y sed, el Gobierno Nacional pretende extender el espectro de explotación minera para que siga devorando la poca vida que queda en las tierras guajiras. Y hasta ahora prácticamente les ha tocado pelear solo a ellos como indígenas, puesto que muchos llegan a los resguardos, hacen registros, redactan documentos, pero al final se devuelven a sus tierras y como si nada hubiese pasado. “No queremos más visitas, queremos resultados”, se podía traducir que era la demanda común de las autoridades presentes.

Quedan atentos y entusiasmados con nuestra propuesta de realizar el Tribunal Popular contra las Transnacionales, para que en ese espacio puedan denunciar lo que han padecido, pero sobre todo, resaltar quiénes han sido los culpables y cómplices de sus males. Aunque, en los mismos términos, quedan pendientes porque nuestro trabajo no quede como como una mera actividad que los haga movilizarse a ellos sin soluciones como tal. Esperan que de parte nuestra esta vez sí haya avances en la consecución de cosas, pero, nos convocaron a la paciencia, a la sabiduría y a la perseverancia para que nuestros esfuerzos se vean materializados en su mejoramiento de la calidad de vida.

De parte nuestra está la misma voluntad, para que esto sea solo el inicio y así lograr que el resto del país, víctima de las pésimas políticas aplicadas por décadas, puede resurgir y retomar las sendas  por las que una vez quisieron, los primeros libertadores, marchara nuestra amada Colombia. Llegar, por medio de la organización, movilización y poder popular, a construir una Colombia nueva, democrática, soberana y respetuosa de nuestros territorios.



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