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domingo, 6 de diciembre de 2015

Memoria y Reflexión sobre la Masacre de las Bananeras


“– ¡Tírense al suelo! ¡Tírense al suelo!
Ya los de las primeras líneas lo habían hecho, barridos por las ráfagas de metralla. Los sobrevivientes, en vez de tirarse al suelo, trataron de volver a la plazoleta, y el pánico dio entonces un coletazo de dragón, y los mandó en una oleada compacta contra la otra oleada que se movía en sentido contrario, despedida por el otro coletazo de dragón de la calle opuesta, donde también las ametralladoras disparaban sin tregua.”

100 Años de Soledad, Gabriel García Márquez.

La Masacre de las Bananeras es sin duda uno de los peores hechos sangrientos de nuestra sufrida Colombia, y eso que de relatos dolorosos están llenos los campos y ciudades en donde habitamos los más empobrecidos. Lo de hace 87 años fue un holocausto contra la naciente clase obrera del país, atrocidad orquestada por quienes usurpan el legítimo poder del soberano colombiano y se hacen llamar empresarios o mandatarios, quienes sin tapujos violentaron los sueños de miles de personas.


Lamentablemente en 1928, en una Colombia de casi 8 millones de habitantes, lo de las Bananeras no era sino un acto más de barbarie del Estado y los capitalistas contra el pueblo colombiano. En aquellos años se había encrudecido la persecución a todo lo que pensara distinto, a lo que reivindicara el derecho al buen vivir. No podría permitirse, entonces, que los trabajadores de la United Fruit Company lograran su cometido, no solo la de ganar las justas demandas presentadas a la multinacional, sino también la de ser un referente para el resto del país, sobre todo cuando había surgido la Confederación Nacional Obrera y el Partido Socialista Revolucionario.

Con la Masacre de las Bananeras la oligarquía mandó un claro mensaje: no cederán en nada fácil y dócilmente. De ahí que las instituciones del Estado, tanto las de aquella época como las de hoy, sean aparatos cuyo fin no son la de servirle a la población, más bien, son para el beneficio de una élite que cada vez se reduce y enriquece más como producto de la explotación, saqueo, destierro, engaños y guerra a la que nos han condenado por tantos años.


Ese sangriento 6 de diciembre en las tierras del Magdalena fue producto del terror que la hegemonía conservadora había impuesto para mantener su régimen, en esta ocasión con el gobierno de Abadía Méndez, y es a partir de tal nefasto suceso que se torna en una política permanente el perseguir y destruir al movimiento obrero y, por ende, al conjunto del movimiento social y popular. Sin embargo, también desde ese 6 de diciembre, surgen liderazgos que le ofrecerían a Colombia alternativas más allá de la paupérrima vida llevada hasta el momento. Cómo no recordar la investigación y debate llevada a cabo por aquel joven liberal que años después se convertiría en un ícono de rebelión, que enfrentaría a los gamonales liberales y conservadores; hablamos de Jorge Eliécer Gaitán, quien, a través de su proyecto político, generó un punto de inflexión en la historia colombiana.

Luego de tantas infamias del Estado y los capitalistas contra el pueblo colombiano, mujeres y hombres que anhelan la paz y la justicia social, se ven obligados a tomar las armas, primero para defender sus vidas, más adelante para construir un nuevo tipo de país. Es así como se da el vigente conflicto social y armado, la que nace como respuesta popular ante el terrorismo de Estado, la que lleva más de 50 años seguidos y ha dejado a su paso cientos de miles de muertos y millares de víctimas. Es hora de parar la guerra y hacer un nuevo pacto social. Es hora de detener el flujo de sangre de ese 6 de diciembre.

En cuanto a lo anterior, el nuevo intento por solucionar de manera dialogada el conflicto social y armado, entre el Gobierno Santos y las FARC-EP, nos debe recordar que, mientras las actuales instituciones no sean reformadas estructuralmente, no podrá haber nunca garantía de paz. No se puede permitir que las Fuerzas Militares vuelvan apuntar sus armas contra nosotros, las clases populares, tal y cual ocurrió en las Bananeras, o como ha pasado con los asesinatos sistemáticos a líderes de oposición, académicos, artistas, obreros, campesinos, indígenas, afros, estudiantes, o igual con los falsos positivos y las prácticas paramilitares.


Asimismo hay que transformar a la justicia, pues hoy solo aplica la rigurosidad a los empobrecidos, inventándose delitos por doquier para justificar las detenciones, en particular la de los líderes sociales, mientras que a las mafias que ostentan los cargos públicos se les es cómplice de su corrupción en alianza con el sector privado. A la par se debe reconstruir el Congreso, hoy conformado mayoritariamente por quienes, bajo métodos ilegales, logran ocupar una silla para hacer desde allí las leyes lesivas a la ciudadanía. Y claro está, hay que cambiar el modelo económico, ya que, no puede haber riqueza a base de la destrucción de nuestra sociedad y nuestro planeta.

Un nuevo pacto social, que derive de una Asamblea Nacional Constituyente, será la garantía de que los diversos sectores del país puedan aportar en la construcción de una Carta Magna que vele por la paz y justicia social para todos los colombianos. Podemos lograr que las venideras generaciones no tengan que pasar por el mismo o peor sufrimiento al que este caduco Estado nos está sometiendo. Es hora de volver a las calles. La lucha debe ser constante, y allí un llamado especial a los inquietos, indignados, rebeldes, tanto en lo rural como en lo urbano: es hora de la Unidad, de la acción, de la construcción de propuestas, para reivindicar dignamente a los inmolados por el fuego capitalista de ese 6 de diciembre y para lograr nuestra Segunda y Definitiva Independencia.

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