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jueves, 25 de febrero de 2016

El Cuarteto de Conejo



La realidad política colombiana parece albergar inagotables elementos para alimentar la imaginación de guionistas y cineastas como para hacer películas hasta la saciedad.

Conejo, un nombre inocente, de caricatura, que refleja agilidad, rápidos brincos y una particular dentadura que hasta Lucho Suárez envidiaría, se ha convertido en el Florero de Llorente del establecimiento colombiano respecto de los Diálogos de La Habana.

La paz express que pretendían poco a poco se fue desmoronando debido a la inteligencia y capacidad de la contraparte insurgente sentada en la mesa, no les asistió afanes desmovilizadores o de conciliación sino de arrebatarle al máximo al establecimiento, representado por el gobierno Santos, reformas y acuerdos que abrieran la compuerta a una nueva democracia en el país.

Es así como se han avanzado en diversos puntos de la agenda, logrando acuerdos parciales y dejando puntos en el freezer, como quien dice “mientras tanto”.

El artista número uno es Conejo, quien encarna la desidia más absurda de la clase dominante colombiana, con un poco más de dos mil habitantes este pueblito desconoce la presencia del estado, planes de inversión social, saneamiento básico (no hay acueducto y no llueve hace mucho), educación, salud, empleo y vivienda digna, es decir, no conoce el significado de la palabra paz con justicia social.

Su segundo artista baila al son de la intención real de la élite, su naturaleza violenta y tramposa, es lo que en el fondo pretenden si el asunto se les sale de madre, si los acuerdos pactados en La Habana cobran vida en el territorio nacional y la gente comienza a movilizarse organizadamente por ellos, sin embargo, los negociadores muestran un optimismo contagioso, particularmente cuando hablan de lograr acuerdos serios para la erradicación del paramilitarismo como expresión armada ilegal del estado, condición sine qua non para las verdaderas garantías de no exterminio o repetición de procesos de paz anteriores que culminaron con emboscadas y masacres.

El tercer integrante de la orquesta, un poco más calmado, canta una canción llamada “Vísteme despacio que voy de afán”, versa sobre la voluntad expresa de la insurgencia de las FARC-EP de conducir a buen término las negociaciones, quien por llevar una vida en medio de combates, bombardeos y muertes, se vislumbra en ellos un ánimo que interpreto como “hagamos la paz pero sin ser pendejos”. Esto es, sortear obstáculos innumerables entre sus propias filas y con el gobierno, lograr acuerdos que redunden en reformas provechosas para la mayoría de los colombianos, refrendarlos y ampliarlos en un movimiento nacional por la paz y la reconciliación, este es el Conejo a la Guerra.

Y el cuarto integrante somos la ciudadanía que nuevamente voltea su mirada hacia el tema de la paz (gracias a los bailoteos de Santos), huelga decir, que la belicosidad como discurso pierde adeptos, es cada vez mayor el dejo que produce la guerra como instrumento militar y psicológico en la sociedad. Esta coyuntura favorable merece de nosotros rapidez, sencillez, pedagogía, amplitud, pluralidad, honradez y sobre todo grandeza, convirtámonos en un Conejo de verdad que va por su zanahoria, consciente que si nos desgastamos en debates estériles y tediosos (que no han logrado nada en décadas) del otro lado nos puede esperar un verdadero garrotazo, aprendamos algo de la oligarquía, lo más importante, el éxito en la defensa de sus intereses, es hora de hacer lo propio.


El sueño

Cuán hermoso sería ver al Cuarteto de Conejo tocando en las plazas del país una canción por la paz, la reconciliación y la vida. El regocijo de los colombianos de a pie y por qué no de la élite, al ver unidos a la Colombia rural con la urbana, a los guerreros insurrectos y a los guerreros del establecimiento enviando un claro mensaje de resolución de los conflictos por la vía del diálogo y la sindéresis. Extirpar de nuestra “cultura” el sicariato y el exterminio del contradictor, levantar monumentos a esa parte vergonzosa y dolorosa de la historia nacional, de la misma forma en que los alemanes erigieron el Monumento del Holocausto, como señal inequívoca de nuestro pasado de barbarie y como paso ilustrado hacia la civilización.

Que vengan las pugnas políticas sorteadas en contiendas electorales mediadas por un sistema electoral transparente y garante de las diversos partidos y movimientos políticos del país, donde el dinero del narcotráfico y el usufructo del erario público no determinen las victorias, sino los mejores programas, las mejores propuestas para el país.

Que los medios de comunicación se abran al concurso del interés público y que los intereses de los grandes banqueros y empresarios no sean las líneas editoriales y de propaganda de estos poderosos instrumentos.

Que la justicia opere como una auténtica Temis, con imparcialidad, severidad y equilibrio, que los escándalos de componendas y coimas en juzgados, altas cortes y el resto de instituciones desaparezcan para siempre.

Que la salud y la educación sean el componente principal de cada gobierno, que sea una política de estado el acceso universal, público, gratuito y de calidad a todos los colombianos; sin guerra, cuantiosos recursos habrán de invertirse en estos derechos para elevar el intelecto y la integridad de nuestros compatriotas.

Que el campo se convierta en el eje principal de desarrollo de nuestra economía, que garantice la soberanía alimentaria de nuestra población, que los campesinos despojados vuelvan a sus terruños, que no mueran más niños de hambre, no hay excusa para ello y sobre todo que se convierta en la reserva de oxigeno de los pulmones de las futuras generaciones, el cambio climático hace estragos a una velocidad inusitada, es hora de recomponer el rumbo.

Que las ciudades planifiquen su crecimiento, su desarrollo no puede traducirse en obras y obras llenas de cemento con un ritmo que abre más la brecha entre ricos y pobres, que acrecienta las barreras sociales entre la periferia y los centros de poder, reorientar el gasto hacia la inversión social, lograr el desarme de pandillas y grupos delincuenciales que pululan por doquier.

Estos puntos básicos para la democratización de la vida nacional, a los que seguro les hacen falta mayores contenidos y alcances necesitan estar consignados en la Carta de Navegación de los colombianos que es su Constitución Nacional, hacerlo sólo es posible mediante una Asamblea Nacional Constituyente, si es éste el momento oportuno o no amerita una buena discusión.

Fraternalmente.

Gary Martínez Gordon
Miembro de la Marcha Patriótica






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